sábado, 23 de noviembre de 2013

Javier

Como el placer de la perdición al escuchar cantar un piano,
como el viento y el baile de las hojas caídas rozando el cabello en el frío,
como las nubes acariciando las montañas, un mar de agua blanca que baja en ellas,
como el ácido sabor en el paladar al probar un pie de limón, la dulce blanca espuma que suaviza los labios,
el reír de los niños pequeños, la inocencia que juega con los pájaros, el cantar de ellos y sus colores,
el volar de una mariposa novata, dirigiéndose a los lugares donde las flores mandan y el verde abunda.

Y el fuerte querer, y que arde
y que duela, y que alegra
y que encanta, que motiva
que levanta, y renace cada día.

Así encantas y fascinas el desierto,
llenándolo de tierno pasto y flores amarillas
cultivando algo tan profundo nunca jamás visto
¿De qué manera lo planeas todo?
Tu capacidad y manía de enverdecer todo lo gris y herido.
De hacer costumbre verte y leerte, y escucharte,
¡y querer más quererte!

Las hojas del otoño siempre querrán volar como esos aviones, pero algo metálico, tan material, no se asemeja a ellas en lo absoluto. Son mejores, porque son verdes, porque son cafés, porque son vida.¿Qué mejor destino que morir haciendo lo que siempre quisiste?
Y si he de ser yo, la que quiere volar esta vez, estoy segura que no moriré. 

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